Reciente sintonía de cuerda,
esparcida en un salón francés,
fumaderos de hachís adúlteros,
con golondrinas al óleo,
sandías en malasaña, o no,
noches sin dormir y sin aire,
gargantas que perdieron el cuello,
cigarrillos a las afueras de la pista de baile,
canciones que orgían las piernas enrevesadas,
descanso afligido entre domingos y junio,
las gotas verdes del engaño secaron,
la curva entre solo y solo, unida sin más,
como la muerte que nunca existió.
Salpicaduras de nubes abatidas,
pequeños charcos de calor sin perdón,
labios abiertos y enclaustrados,
sonrisas, ojos de mil colores,
conversaciones de dos de mayo,
conversaciones de salón francés,
conversaciones en silencio.
La mujer que vino a abrazarme,
nunca vino, nunca avisó de su ausencia,
da igual, nunca la habría visto con tanta niebla,
con tanto hachís en las paredes y vapor de una noche,
con tantas latas de cerveza rescatadas del olvido,
con tantas copas de vino y de ron y de todo,
vacías antes de llegar a mi vientre,
nunca, ni con los ojos abiertos,
habría visto frente a mí, la belleza,
en un abrazo, un beso, y silencio.