29/07/13
Quiero entender qué es lo que me resulta tan pesado en este cuerpo sin vida. Hace tiempo que caí en el abismo negro que todo lo alberga. La apatía me consumió el aire. La polución de tantas lagrimas que nunca lloré, sólo acentuó las que sí cayeron. Pero nada gané con ello. Me llamarán escultor, porque con mis propias manos realicé un tapiz de cobre que circundaba mi piel. Sin rastro de húmedad, el desierto que tomó mi vida como propia, me hizo de arena. Y de arena fue tan facil, con un ápice de viento, derrumbar mi corazón descolorido. Ese tono sepia nunca llegó a convencerme. Acostumbrado al azul mar, o al rojo sangre, las nubes grises difuminaron mi color hasta caer en un desagüe cualquiera. Nada me sirve del sentido de la vista si con él no descubro sonrisas nuevas. Las que alguna vez ví, se ocultaron tras la arena hasta volverse cobre. Nada me sirve del olfato, si con él no caigo derrumbado al instante. Del tacto, ni siquiera recuerdo si alguna vez lo utilicé lejos de una piel de inocente seda. Mi saliba no sabe a nada, como si de un muerto fuera, cuando no le dan sal o azucar algunos labios sin nada que perder. Prefiero el silencio a la música, y eso quizás, siempre fue mi mayor error.