Al llegar a casa, un día más,
escucho cat stevens en cueros,
fumo hachís, fiel compañero,
y nada tengo, nada me falta.
El hambre lo perdí con el miedo,
la mujer de acento andaluz,
madrileña de nacimiento,
me endulzó la noche en bulerías,
bailando al son de un vagabundo,
y su guitarra,
y su perro empapado en cerveza,
llorando a la luna en comedia,
pues el drama murió en ayunos.
Y nada me falta, porque nada tengo,
y por fin mi tristeza es nada,
y a la nada, no puedo pedirle más,
y a mi soledad, la acompaño de instante,
y más allá de ahora, nada soy, nada fui,
prefiero atraparme en una acera de madrid,
con la música y una rubia fumada,
llenando de humo mis vagos recuerdos,
y la cerveza hasta morir,
y la noche de nadie,
ni de mis sueños.
Porque nada sueño, si nada deseo,
porque mi súplica la suple el ahora,
y en el antes, perdí mi abismo,
y en el mañana, nada soy sin ya.
De la paciencia aprendí
la virtud de esperar,
y de esperar, absorví el tiempo.
Entre las sábanas de una baja pasión,
sin ningún edredón, ni calor, ni frío,
vi pasar mi cuerpo atado a un yugo,
nada lo detuvo, hasta caer en perdón.
Bajo la vela de ningún vago reflejo,
la noche no fue de nadie,
mi tristeza, permaneció en silencio.