Me pierdo entre escaleras sin rumbo,
me siento en un lugar que parece tranquilo,
acomodo mi tristeza en granito caliente,
hiervo, la sangre me quema,
la soledad me acecha sin tregua.
Me siento cómoda confundida en silencio,
con las notas de una guitarra, frunciendo mi rabia,
al compás de una lata de hojalata, qué llena de virtud,
se desliza entre tus manos y las mías, al ritmo,
acompasadas en un ir y venir del viento,
sin final, sin principio,
el opio invade mis pechos de cera,
despacio, formando columnas en el aire,
descansando tus dulces manos en pequeños tics,
al borde de mi rodilla derecha,
por dónde cantan los ruiseñores,
y florecen las jóvenes virtuosas.
Allí, en algún punto entre mi consciencia,
y tu esquivo olvido de mujer cansada,
descansó la primavera,
hasta nunca volver sola.