7 de agosto de 2013

07/08/13

Estoy bien, cansado pero bien. O eso quiero creer. En soledad descubro que no necesito a nadie. Sin embargo, cuando estoy con gente, necesito más y más. Necesito acercarme a todo el mundo. Necesito inundarlos bajo la piel, como un torbellino, o una ola de mar que va a a la deriva, en acto suicida, contra ninguna playa. Cuánto más solo estoy, menos necesito la compañia de una mujer agradable, que me sonría y me de los buenos dias piel con piel. Pero sólo dura un tiempo. Después me abruma esta fiebre ingobernable que sube por mi columna, serpenteando mis vertebras, pidiendo amor. ¿De qué me sirve lo que tengo si no puedo compartirlo? Todo este amor, esta ilusión, esta sonrisa estúpida, las canciones que escucho y creo en mi mente, no son nada si a nadie las entrego. Estoy condenado a vivir, y por vivir sólo entiendo una cosa: sublimarme a la belleza, buscarla, encontrarla, perderla, en un ciclo sin fin entre suaves pinceladas de armonía desnuda y viejas tormentas bañadas en alcohol. Sé que naci solo, sé que moriré solo y que nada dejaré a mi paso. Pero entre un bostezo y otro, no puedo contentarme con dormir. Necesito respirar aire fresco, aire nuevo, aire que me recuerde que aún estoy vivo y que cada día que venga, será distinto al anterior. Pero en nada encuentro sosiego, si no es en unos labios carnosos, una melena hipnótica, unas manos generosas y compasivas. Una voz dulce. Un hola, por fin, después de tantos adioses.