22 de agosto de 2013

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Recuerdo hoy con gratitud infinita el tiempo en el que me fue revelada la verdad a través del silencio. Por aquel entonces mi vida estaba siendo sacudida por el terrible cambio que premoniza una transformación espiritual, mi mente estaba sumida en las terribles nieblas de la confusión, y mi ser se enfrentaba a la muerte necesaria para una nueva vida. Las sensaciones con las que yo respondía a esta divina metamorfosis eran innumerables y desconocidas hasta entonces para mí, pero la cualidad principal de la mezcla de todas ellas era el Éxtasis, bello concepto del que abusan los místicos, y que que me fue entregado por las manos carcomidas del Horror. Venía yo de una vida inaguantable, autodestructiva, egoísta, tediosa, una vida que narraba para mis ojos ciegos una y otra vez las mismas historias de miseria y terror, de enfermedad y decadencia. Era yo un muerto, un dormido que no se sabía durmiendo, un cadáver por resucitar. Era un enfermo en todos los niveles de mi ser. Había fiebre en todos mis cuerpos, en todas mis almas, en mis mentes, en mis soles, en mis lunas...Había fiebre y el infinito era fiebre para mí. Y no es que fuese uno de los favoritos de la desgracia. No sufrí desgracias grandes como las que pueden ser un fallecimiento de alguien cercano, o una amputación sangrienta de uno de mis miembros, pero yo no me tenía a mí, y eso era como el fallecimiento de todo cuanto conocía, como la amputación supurante de todo en cuanto podía yo vivir. Al fin y al cabo, puede ser que si que fuera uno de los favoritos de la desgracia. Llegué ya al punto extremo del sufrimiento y la desesperación en el que se ha dejado de sentir, como el cuerpo impotente que deja de agonizar bajo las nieves transmutando  el frío y el miedo en una acogedora calidez al traspasar el umbral del reinado de los muertos. Llegue a ese punto y me retiré. Y el retiro fue mi salvación.  Ah...¡Qué bueno fue rendirse! No esperaba ya nada de las gentes, ni de sus malformados rostros, no creía en la perversión acusadora de sus ojos, ni en sus lastimeras palabras...Y no esperaba nada de aquello, porque no esperaba nada de mí mismo. Si deseaba la muerte física con tanto anhelo...¿Qué importaba ya lo que pasara en vida? Me dirigí al estanque sombrío de la renuncia y agazapado, con la espalda herida, deposité sin ánimos mi sueño, mi esperanza, mi halo y mi ánima, y alzando mis brazos al cielo me entregué a una voluntad mayor. Y de lo que fue una sombra que fue a reunirse con las sombras, del fantasma terminal que vertí a las aguas verdinegras, fue esclareciendo un alma que inundó de resplandor las profundidades, revelando a mis atónitos ojos el misterio de mi ser. Había encontrado la joya, y, apartado de todo, sumido en la más solitaria de las noches, postrado en el margen del metafórico estanque, tendí mi cabeza en el suelo y estalle en carcajadas como las de un poseído, un enajenado al que abandona la locura sintiendo la dicha por primera vez. 
Mágicamente, tan mágicamente comenzó a crecer el aura blanca y cegadora que surgió de mi sombra que el tenebroso estanque ya no era sino un manantial de luz, un reposadero de almas que celebraban y bailaban el comienzo de una sinfonía inefable y hermosísima. Aquel halo resplandeciente tomaba forma del fantasma de todo aquello a cuanto antes había maldecido y odiado, y bailaba al son de las campanillas, los címbalos, clarinetes y flautas, envolviéndome en lo que comenzaba a ser un ritual de perdón, de compasión, y de amor. Comenzaron a brotar violines y violas, timbales, tubas y trompas, y amanecía mi dolor, mi sangre se transmutaba en oro en aquella danza cosmica. ¡Celebración! Los sauces aullaban, las piedras relucían y saltaban, los cipreses y terribles abetos se agitaban danzando al son de mi corazón, y los animales salían agazapados de sus escondites sumidos en la mayor de las alegrías por encontrar un hombre que no fuera una amenaza. Los relucientes peces saltaban al ritmo de la orquesta invisible, las aves se concentraban revoloteando en armonía en el cielo de aquella monstruosa luz, hurones, ratas, insectos de todo tipo se unían en la orgía sincrónica a la que se iban incorporando ya los chelos, los contrabajos, las arpas, el bombo, los tambores y el gong. Todo aquello fue creciendo, y la fuerza de la luz era tan grande que comenzaron a caer las estrellas al manantial, lluvia de belleza milagrosa, y animales más grandes se acercaban y eran consumidos por la unión, pueblos de todos los lugares, civilizaciones de todos los tiempos, instrumentos, cosas inanimadas que habían poblado mi vida, vestidos sin cuerpo, sacacorchos danzarines, mesas de comedor de la infancia, toda mi vida y la vida de todos era arrastrada irrevocablemente por el magnetismo y la gravedad de ese vórtice de infinita felicidad. ¡Y cantaban las voces de los niños de todos los tiempos, en coro con los hombres y mujeres, con los ancianos, con los ángeles, las ninfas, sirenas y dríades, y las nereidas, y los lobos, los ciervos, y todo cuanto tenía espacio en mi vida y en mi imaginación aullaba la nota final!  Y yo yacía en el suelo, sacudido, todavía riendo como un enajenado, con el cuerpo lleno de llagas y  apestando por la enfermedad pero sin preocupación, pues ya estaba despierto, y sabía con seguridad, que más allá del tiempo y el espacio, que más allá de las preocupaciones de mi mente y mi cuerpo, mi ser celebraba con todo el cosmos la música milagrosa, por siempre, danzando armónicamente, danzando y celebrando la sinfonía de la vida.