He pecado como sólo peca un hombre,
he hecho llorar a una mujer a la que amaba,
repetidas veces.
Es por ello que no encuentro en mí la nobleza,
en mis manos albergo culpa,
en mi descanso no hallo perdón.
He llorado más de lo que se le permite a un hombre,
he hecho de mi cuerpo un recipiente sin uso,
demasiado triste.
Recuerdo que alguna vez aprecié la luz del sol,
cuando castigaba a aquellas mujeres con desprecio,
el mismo que me tenía a mí mismo,
en contenido silencio.
No soy digno de un abrazo o cualquier comprensión,
condenado a vivir en penumbra alejado de todo,
con la única compañía de mi pena,
extendida hasta sangrar.
He recibido la belleza en mis manos,
repetidas veces,
he ignorado la fuente de amor que de ellas brotaban,
sin suficiente lamento.
Es por ello que hoy me condeno al ostracismo,
alejado de la luz estival que engrandece las flores,
porque yo merezco oscuridad y abandono,
el mismo que entregué inconsciente,
al no ver lo que la vida me entregó compasiva.
Ahora bebo y lloro sabiendo que lo merezco,
no busco un porqué alejado de mis costillas,
no necesito explicación o tormento,
más allá del que yo mismo me impongo.
Soy un condenado a vagar sediento,
asumo en mí las culpas del mundo,
como reflejo de las propias,
sirviendo penitencia a mi abatida alma.
He tenido la belleza en mis manos,
no he sabido regarla,
no he sabido cuidarla,
repetidas veces,
mientras la vida pasaba.
Es por ello que ya no vivo ni muero,
atrapado en este cuerpo dócil,
que olvidó la luz del alba.