8 de agosto de 2013

Nocturno

Cuantas veces llegan los hombres a nuestras vidas portando un misterio de yo no se qué. Mensajeros inconscientes del destino, como si una sombra les enviara, acceden y alteran nuestra partida del juego, y al saberles sombra, sombra me se. Galones de sangre, luz del universo, sus palabras no me engañan, sus gestos no me desvían la atención, y puesto que sus intenciones son desconocidas hasta para ellos mismos, yo, al verles, me quedo en el sentido. Hay un sentido último para cuanto camina, para cuanto cruza invariablemente ante mis ojos, sentido que me daña, pues me llama y me escapa. Y tan importante me resulta mi padre como el que me vendé café. Todos piezas. Unas mas pequeñas, otras más grandes, piezas del puzzle absurdo que busco resolver y no resolveré, piezas con cerebro y alma del puzzle que soy yo; ellos. ¿Quién soy yo si soy todos lo que me forman? ¿Y ellos quienes son si les forman otros, si les formo yo? Ver a los ojos a los hombres es hablar con Dios, tan inaccesible a mi pensamiento, tan aterrador para mi ser, que mi mente al intentar comprender, no comprende, y al no comprender, comprendo con el corazón. 
Oh...¡Como vienen y van! Pasajeros, peregrinos, enviados de los cielos, todos pasan con más suspense que el silencio que premoniza una luna, sucediendose como las olas de un mar energético más siniestro de lo que nunca alcanzaré a imaginar. Y no hay diferencia. Vienen y van, vienen y van, vienen y van, chocando a la muerte la espuma de sus cabellos, abriendo las cabezas contra el indiferente olvido, y ellos no huelen a bruma y a sal: Huelen a podrido. Una tristeza demoledora y una fiebre me invade. Mi familia, mis amigos, ¡Mi amante! Todos podridos. Y podré creer en lo que sea, que nada aliviará este alma al ver en la cama una muerte tendida, una piel que se enfría, unos huesos. Esta conciencia se me clava como una astilla metafísica que me impide caminar. No olvido. Temo: Tengo miedo. ¡Enviados terribles del cielo! ¿Para que nos envían si pronto vendrán a recogernos? ¿Cuanto dura una vida? El infierno es el sabernos ser. En esto pienso ahora, esto siento, y al pensar en la muerte me muero por dentro. ¡Necesito abrazarlos!  Necesito aferrarme, asirme, fundirme con histeria y embriaguez a cuanto amo pues pronto dejaré de tenerlo. Y este es el sentido del que he empezado hablando. ¡Si todo muere, si todo viene y va, déjenme mientras está, por lo menos amarlo! Y ya lo lloraré... Pues a pesar de haber amado con locura y enfermedad, no habrá consuelo. No para este melancólico hombre. No para este futuro muerto. Abracémonos hoy, pues no hay tiempo para boberías. Digámonos lo que nos queremos,  y partamos, calaveras hundidas por el peso del perdernos, desde el cuerpo hacia lo desconocido.