¡Miedo, miedo, miedo!
¿A qué?
Al espejo.
¡Tristeza, abandono, lamento!
Sin fin, sin retroceso,
tambaleándose en fina melodía,
ausente en cristal opaco,
delirio curvado entre el tiempo.
Frío, frío, frío,
oscuridad y abandono,
desasosiego y llanto,
raquítica tristeza.
¿Quién va ahí?
Es el espectro del rey caído,
es su reino abandonado en malas hierbas,
es el colmo de la inseguridad,
es la voluntad quebrantada,
es el fuego que todo quemó.
¡Delirio!
En tus senos encuentro placer,
placer momentáneo y absoluto,
placer efímero y pasajero,
placer que lleva al dolor.
Si yo fuera rey de algún reino,
lo llenaría de risueñas flores,
de tempestades de agua calmada,
de vino eterno y ningún perdón,
para ninguna culpa.
Mas no soy rey ni de mi cuerpo,
no me pertenece mi mente apagada,
atrapada en circular monotonía,
en triste lamento sin principio,
en vergonzoso ningún fin.
¡Miedo, miedo!
Devuélveme el miedo,
devuélveme la luz estival,
devuélveme algo,
aunque nada sea.
¡Miedo, miedo, miedo!
¡No existes!
¡No eres en mí, ni fuera!
¡No te extiendas en mi imaginación!
Déjame imaginar la belleza,
sin nunca tocarla, como no te toco, miedo,
como nada toco sin manos que tocar,
como no soy mientras perviertes mis ojos.
¡Porque soy único!
La existencia estaba vacía sin mí,
estará vacía cuando me vaya,
aunque de todo rebose,
y los árboles sean árboles,
y el cielo, cielo sea,
nunca estuve antes,
ni volveré a estar.
¡Ámame existencia, déjame amarme!
Arráncame las malas hierbas,
las raíces del miedo que no existen,
entrégame a tu misericordiosa agua,
y como no te pedí vivir,
sí te pido que me vivas.
¡Amor, amor, amor!
Sólo existe el amor eterno,
la creación interminable,
despójame de mis capas de lodo,
que al loto cubren con sombra,
con sombra que nunca existió,
y me consume lento.
¿Quién va ahí?
Soy el espectro al que no he de temer,
soy la bondad del mundo y su egoísmo,
soy el mundo,
soy humano,
soy animal,
soy divino,
soy todo, menos miedo.