2 de agosto de 2013

Que delicadeza...

Cogió su flauta, y tuve un golpe de esmeralda, de rubí.
Un trigo rubio, un sol infinito, y ella con su blanco vestido.

Tocó la flauta, y de pronto: ¡La tarta de manzana!
Un olor a crema y almíbar broto por la sangre de mis venas.
Y en cada nota sentía a mi joven madre preparándola en su cocina.

¡Que dulzura! Quise abrazarla allí mismo. 
Sonaba la flauta, y sonaba el tiempo, se abrió la flor de mi memoria.

Y sus notas eran sombras, almas, rostros, súplicas, paisajes y lamentos.
Sus notas eran... ¡Yo no se! 

Que bello todo esto. Posó la flauta y se sentó bajo el sauce viejo.
Aflojó los cordones de sus ajadas botas y se apartó el pelo de su pálida frente.

¿Te ha gustado? Yo no sabía que decir. Así que respondí: Tócame mas.
Y ella me tomó la mano. No entendió, pero yo me sonreí.