8 de septiembre de 2013

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Encuentro, al amarla, una fiebre en la pasión que posee y afecta terriblemente a mi espíritu. De hecho, escribo estas lineas con un sentimiento tenebroso, con cierta enfermedad del alma, y con el abatimiento de estar siempre dividido. Amar es siempre difícil para la mente, y ante la fuerza de este sentimiento, mis formas del pensar sucumben a la incertidumbre ahogándome en la impotencia del no poder hablar con claridad, ni poder dilucidar para mi mismo lo que, de este amor, me consume. Así, pido una luz para tratar de comprender esta nostalgia, y no la encuentro, como no encuentro a Dios alguno que ilumine la sombra de este agua.
Hay nostalgia porque ella es mi vida, pero no puede serlo. Y puedo jurar que nuestro abrazo es la dicha más grande que yo haya sufrido nunca, pero en nuestro abrazo aún queda un desconocernos, una melancolía que trae la memoria de cuando no había límite para la vida, de cuando el amor no tenía forma, frontera alguna. Así siento que la sed del alma en este cuerpo tan solo podrá saciarla la muerte. Ah...¡Coexistir! Ser separados, poseernos en la desposesión...Los dos amantes charlan del amor pero al oír sus voces suenan diferentes, como si en ellas retumbara un secreto ancestral, como si entre tono y tono hubiera un abismo de dolor, y así hablan de la unión, desde diferentes centros. ¡La agonía de no poder ser yo su pensamiento, de no ser capaz de inundarme en sus corrientes de sentir, la añoranza de una única y verdadera intimidad! Somos uno, y somos ambos, y esto ya son tres. Un triángulo de fuego.
Anhelo, y este es el mayor de mis imposibles, la posesión absoluta de su alma. ¡La entrega real de la mía, la fusión integral! ¡la disolución absoluta, y no ficticia, en la eternidad! ¡Vernos de verdad, sin ojos carnales, enteramente, abrirnos al espacio como el loto interminable, conocernos y entonces fundirnos en el abrazo esencial!()