10 de septiembre de 2013

Moaxaja a Tánger

Canta un espectro desde lo alto del minarete,
la mujer del niño duerme,
la calle alborota los rugidos de los autos en declive,
al fondo el mar descansa bajo lunas de mil noches.

Una pequeña vende pañuelos y regala sonrisas,
sus hermanos juegan al pegamento,
sin escuela y sin cuaderno.

La ciudad cae en cólera y hierbabuena,
los cláxones sacan pecho y las mujeres,
descubren sus manos,
recitan tobillos sin adoquines.

Ojos de mil tamaños y un color,
felinos, indiscretos amantes,
la arena del este siguió a la estrella.

El perro ladra su ausencia,
el gato come pescado a medio podrir,
el puerto cierra y el mercado cae,
sube la marea de tierras contemporáneas,
sin el porvenir de la realidad.

El taxista sonríe y entona una fecuencia,
corta al viento y al prójimo en carril de arcilla,
el camarero sonríe,
con sus rostro serio, inmutable,
sonríe por dentro mientras sirve el café,
desde el azucar el vapor del vaso rebosa,
la cicatriz de una vida en desorden.

La mujer pasa, la mujer manda, la mujer que no lo es,
se permite esconder su sombra entre pañuelos oscuros,
y con sus rasgados ojos dictamina un final.

Allá va el caballo que no eligió serlo,
mientras su amo le azota con diligencia.

Allá va el siervo del mundo, el siervo de una idea,
a vislumbrar su infinito descanso más allá de ahora,
o quizás nunca más que ayer.

Las gallinas hacen su juego,
el cordero dejó de caminar,
en el interior del tajín escucho su canto,
desde un minarete cercano,
vigilante la mar.

Allá camina el niño sin niñez y el viejo sin muerte,
de la mano cruzan frente al carnicero,
al que saludan, como cada día,
mientras juntos salen a pasear.

Entre el norte del continente olvidado y el sur
de cualquier mar,
dónde los pies caminan descalzos,
los camellos esperan el pasar del tiempo,
y los amigos se cuentan por docenas,
y la mar asoma, y la mar asoma,
las estrellas apuntan al suelo,
desde un portal equivocado.

Allá va el solitario cristiano, que no eligió serlo,
allá va la mujer sin cuerpo,
y el cuerpo olvidado,
y los ojos que miran y callan.

Allá se pone el sol, por poniente,
allá va la mar,
y la mar asoma.

Canta un rezo sin pregunta,
una respuesta que perdió las horas,
al vino le entregó un sollozo,
que no encontró respuesta.

Allá canta un espectro, desde lo alto del minarete,
allá se dejó caer al vacío,
y su sombra se fundió con la noche,
y su día, comenzó a brillar.