12 de septiembre de 2013

Abraham el Judas

Encuentro la grandeza de todo,
en la parte más baja de la línea blanca,
junto al suburbio de terror y pánico,
vestido con prenda de hielo.

La luz que atraviesa mi vientre,
no es luz sino vientre,
no es perdón sino abrazo,
al borde de la locura.

Diluvios de hojas secas que caen,
hasta abatir mis cicatrices,
en delicados hilos de algodón,
recogidos en frío invierno.

Ya no hay ya sin mañana,
ni hubo ayer sin hoy,
montañas y nubes de rubí,
afloran en mi memoria.

La fina línea que me separa del todo,
abochornada por la nariz sin olfato,
allá sueño con la jarra de agua,
y me ahogo en barro.

Un rayo de luz asoma a la ventana,
me asomo y nada veo,
no participo de su llanto ardiente,
detenido en mi cuna sin seno.

Constante primavera que nunca falta,
la llama del deseo que se atraganta,
en un campo de inhóspitos cerezos,
la noche nunca encontró un camino.

Me detengo al borde de la locura,
la miro a los ojos y sonrío,
dónde otros ven guerra, hallo paz,
dónde el terror acecha, oportunidad.

Descalzos caminan los siervos de nada,
buscando superficies sin espinas,
más dónde se halla el camino,
las espinas indican la dirección correcta.

Amanece por fín un día más,
que nunca volverá a ser el mismo,
aunque el sol se ponga y la luna vuelva,
mi vientre es mi luz,
y mi luz mi vientre.