Cuentan los viejos del pueblo
que vivió entre ellos un sabio.
El hombre tenía un gran espíritu,
y por la lucidez de su pensamiento
los necios le apresaron para castigarle.
Dado que solía meditar caminando
decidieron éstos cortarle los dos pies.
Le tumbaron en la plaza del pueblo,
y el verdugo acometió lo que se le impuso.
Ante el asombro de las gentes allí reunidas,
el viejo estalló en una carcajada plena de gozo.
Sus pies y su sangre yacían en el suelo
y el jubiloso viejo no dejaba de agradecer.
- Te he cortado los dos pies y das las gracias.
¿Qué agradeces viejo?- Preguntó el verdugo.
-Puede que no tenga pies, amigo,
pero todavía puedo ver la belleza del cielo.
Y por eso doy gracias- Contestó tumbado el viejo.
Entonces un cobarde poderoso dio una señal,
y el verdugo le cortó la cabeza.
Cuentan los viejos del pueblo
que entre ellos vivió un sabio,
y que al cortarle la cabeza
éste continuó riendo.