Ya nadie me mira de esa manera,
quizás yo perdí a dónde mirar;
la otra noche,
miré fijamente a los ojos,
y el embrujo vibró,
por un instante;
pero no tenía el infinito tiempo,
que albergaban los ojos de Mariu,
cuando detenía la mente y todo,
entre nuestros iris de nubes rosas.
Y hoy en un sueño, los ojos de Anael,
se detuvieron en mí como antaño,
frágiles y entregados
a cualquier causa perdida,
delicados como la primera lluvia.
Es por eso que tanto añoro,
tener ojos para mirar;
con la mirada perdida,
o escondida en el suelo o el cielo,
no encuentro ojos que me salven.
Recuerdo aquí los grandes ojos de Clara,
examinando con devoción mi misterio de piedra;
o las ventanas del mundo triste al real,
que se abrían en el rostro de Lídia,
cuando un poema brotaba de mis ojos,
antes de ser escrito en las calles de Madrid.
Y los ojos de Laura, también grandes,
azules como el mar,
o como Olivia Pazos esperando en el puierto,
al borde de la lágrima, pero feliz.
Quizás sean tantos y tan bellos mis recuerdos,
que la falta de presente en mis huesos y mi piel,
me amarga hasta caer;
quizás sólo tenga que levantar la mirada,
dar un paseo sobre las hojas de otoño,
para encontrar unos ojos que me miren,
como me miraban ellas,
como yo miro al mundo, cuando lo miro,
y no me escondo en los ojos,
que ya no tengo para mirar.