Tengo un miedo a no verte,
que me impide clavarte los ojos.
Pero ocurre que, cuando bajas la mirada
y la dejas caer en mí,
la noto en mi nuca,
como un clavo ardiendo,
más tallo de flor,
que hierro quemado,
pero ardiendo.
Y levanto la vista
y rapidamente te encuentro,
no sólo al lado,
sino en algún lugar más lejos,
y como si no existiera el tiempo,
enseguida aparto la mirada,
y me pierdo en nada,
sin darle sentido a los ojos,
o a algo más bello a lo que mirar.
Es entonces cuando guardo silencio,
tu piel morena me resulta cálida,
cercana como los bonitos recuerdos,
tus manos, tan artesanales,
tan como deberían ser las manos,
recogen algún cabello tras tus orejas,
sonríes y es inevitable
que yo sonría también.
Pero tengo un miedo a no verte,
que me impide clavarte los ojos.