por tener tristeza.
En él la pena no viene y va,
persiste.
Él camina por los escenarios
y nada cambia. Nada existe
sino el alma dada
que va llorando.
Como de la semilla del cerezo
brotó la cereza,
brota la tristeza
del solitario.
Y no hay luz que lo haga cambiar.
La pena es su sustancia vital,
carne de su río hecha de llanto,
Y el tiempo podrá cambiar el curso,
el lugar, la parte a la que desembocará,
pero nunca cambiará el agua
que va correteando.
Triste es su sangre, su aura y su luna.
Triste el mundo que crean a su paso,
y hay abismo en su ojo y su canto,
algo tenebroso vibra en su figura.
De sombra está formado su barro.
Pasa la vida...Pasa la vida...
Rum rum de rostros, ajenas sonrisas
y la gracia de los otros: La luz enemiga.
Pasa la vida y en la alegría extranjera
el alarido de un hombre desterrado.
Pasa la vida...Pasa la vida...
Pasa la vida y el agua no ha cambiado.
En tanto, llega la pregunta a su cabeza,
¿Qué cambiará lo que nunca cambia?
Queda un eco de la horrible respuesta:
¡La muerte! El silencio largo...