10 de octubre de 2013

El hombre triste no es triste
por tener tristeza.
En él la pena no viene y va,
persiste.

Él camina por los escenarios
y nada cambia. Nada existe
sino el alma dada
que va llorando.

Como de la semilla del cerezo
brotó la cereza,
brota la tristeza
del solitario.

Y no hay luz que lo haga cambiar.

La pena es su sustancia vital,
carne de su río hecha de llanto,
Y el tiempo podrá cambiar el curso,
el lugar, la parte a la que desembocará,
pero nunca cambiará el agua
que va correteando.

¡Ah, los tristes!
Triste es su sangre, su aura y su luna.
Triste el mundo que crean a su paso,
y hay abismo en su ojo y su canto,
algo tenebroso vibra en su figura.

De sombra está formado su barro.

Pasa la vida...Pasa la vida...
Rum rum de rostros, ajenas sonrisas
y la gracia de los otros: La luz enemiga.
Pasa la vida y en la alegría extranjera
el alarido de un hombre desterrado.

Pasa la vida...Pasa la vida...
Pasa la vida y el agua no ha cambiado.
En tanto, llega la pregunta a su cabeza,
¿Qué cambiará lo que nunca cambia?
Queda un eco de la horrible respuesta:

¡La muerte! El silencio largo...