Abrió sus manos solemnemente
y me mostró la pirámide de sangre.
Con delicadeza, la posó en mi pecho desnudo,
y un río de rojo rubí descendió a mi ombligo.
"Es la sangre de los enamorados" Me dijo,
mientras me sacudía un tierno escalofrío.
Después tarareó una melodía ancestral
con la voz de la luna, un hechizo de infancia.
Sus cabellos se posaban sobre mi rostro
como suaves ramajes de oro, limón y canela.
Yo me preguntaba por qué ahí no había tiempo.
Su melodía, que resonaba como traída de lo eterno,
calló, pues me mostró la totalidad en un beso.
Y aun a pesar de estar oscuro, brillaba su palidez
como una mortecina luciérnaga del Hades.
¿Apagamos la vela? Me preguntó.
"No quiero dormir" La dije. Nos besamos otra vez.
Entonces hice levitar mi crisantemo al espacio,
y su habitación se tornó un remolino de estrellas.
Ella río como lo hace una niña por vez primera.
Después soplé y se desvanecieron en sus pechos,
apagándose una a una en el alba de su piel.
¡Cosquillas! Dijo. Y se volvió a reír.
Su aliento en mi mejilla era de miel y leche dulce.
El tono de su voz una caricia para todo mi ser.
Ah y las auras y las sombras danzaban en el techo
complacidas por vibrar allá con nosotros uno.
Fui la cera hirviendo bajo la mecha, entre su carne,
el aura y la sombra, el secreto de antes de nacer.