19 de septiembre de 2013

Las giralunas eran unas flores de un blanco terrible 
que dormitaban en el campo de los sueños por cortar. 
Allí sonaba, como venida de otros tiempos, 
la canción de las luciérnagas, y había ojos en todo. 
Bajaba la niña de oro los pálidos senderos
buscando una giraluna para colocar en el pecho
de su madre muerta, cuando de pronto,
nació el fuego en el cielo, y el león asomó la cabeza. 
Todo había cobrado un aspecto más lúcido, y brillante, 
por lo que la niña se oscureció, y dado que el león
consumía todo en las llamas de su lengua 
no había ya giralunas para su mamá, y solo quedaba tristeza. 
A las luciérnagas las devoró el colibrí de jade,
y las flores de loto se elevaban como estrellas matutinas.
Ahora la canción era un himno de metal que nadie soportaba.
La niña se hizo una ceniza y de las cenizas nació un girasol.
El girasol sonreía a los peregrinos y viajeros de cristal,
y aún a pesar de su belleza y brillo tenía un olor a muerte.
Pasó un viejo pintor paseando por sus pensamientos,
cuando recordó otra vida diferente a la suya y una giraluna.
Justo se había detenido en aquella bella flor y olía su alma.
Supo sin saber que la flor era una niña, una muerta,
hija de una muerta, nieta de una muerta,
y decidió pintarla. Pero no podía.
-¿Quién puede pintar a la muerte si no la conoce?
¿Quién puede pintar un recuerdo que no se vivió?-
Se decía aquel pintor de ojos de esmeralda vino y sangre.
Así que decidió comerse la flor, pues así tal vez la comprendiera.
Se agacho y la arrancó del suelo y brotó una lagrima de su corazón.
La lagrima fue la semilla de una nueva y terrible flor: Una giraluna.
La misma que la niña aún por nacer buscaría para su mamá.
Al pintor le brotaron pétalos de luz de las orejas
pero aún no comprendía nada ni nada podía pintar
y se arrepintió por haberse comido la flor pues ya no la recordaba.
-Curioso fenómeno el tiempo- 
Se decía aquel pintor de ojos de ámbar, mandarinas y sol.
Ahora estaba postrado a una flor que ya no puedo recordar.
¡Si ahora es ahora y ahora, que será ahora!
Entonces comprendió la muerte, y se pintó desnudo en una silla.
Del cuadro sacó catorce dolarinos que le valieron para emborracharse
y a atreverse a decirle a la bella frutera del pueblo de su amor:
Del vino y del atrevimiento nació una niña,
que resultaba ser el girasol que había comido para comprender.
El padre, cuando la niña tuvo años para el entendimiento,
le contó la historia en forma de cuento a la niña, mientras que,
al otro lado de su habitación su madre moría de asfixia
y estos no pudieron saberlo hasta el día siguiente.
La niña toco la frente de su madre tan fría,
y sin decir nada fue a buscar una giraluna.