15 de octubre de 2013

15/10/2013

Toda mi vida quise suicidarme. Hace poco más de un año conocí a dos personas que también habían sentido ese deseo a lo largo de sus días. Ya no quiero suicidarme. Ya no temo a la muerte. Ya no la deseo. La vida me pesa a diario, repetidas veces. Cuando veo un informativo o me detengo a pensar en la clase de humanos entre la que habito. Con las guerras y el dinero y todo eso. Me repugna. Pero luego
pienso en mis guerras y mi dinero y todo eso. Y también me repugno. Sólo que ahora no quiero suicidarme. Ahora cada vez que vivo uno de esos momentos en los que la vida del mundo me pesa, me pregunto qué es lo que me pesa de mi vida. Y encuentro conflictos, envidia, rencor. Y encuentro sentido de la posesión y necesidad material y avaricia. Y todo eso. Entonces me pregunto de dónde sale. Cuáles son las causas que me llevan a mirar con lupa el dinero que me gasto, o que me queda; o por qué preferiría estar en lugar de ese otro y le maldigo por no ser él y su novia bonita y su coche bonito. Y no hallo una explicación lógica. Como las explicaciones lógicas que exijo a todos aquellos que me causan estupor en la prensa o los informativos. No comprendo cómo puedo tener sentimientos tan alejados de la compasión por todo cuánto me rodea. Si todo es como yo, con nuestras guerras, nuestro dinero y todo eso. Y tengo tanto trabajo por hacer en mi propia batalla, en mi propio cuerpo y mis acciones. Cómo puedo querer cambiar el mundo, si me niego a cambiar en mi propia vida. Si prefiero la seguridad de lo conocido, a arriesgarme a conocer lo que me garantiza una nueva visión. Por muy terrible que parezca, siempre lo nuevo es mejor que lo conocido que estorba. Como aquellas cosas que hacen que la vida pese a diario. O que incluso den ganas de suicidarse. Puedo decir que ya no me preocupo de eso. La vida es un reto, sí, pero hay que jugárselo.