En la misma medida en que sólo hablamos de aquello que desconocemos, admiramos en otros las cualidades que no poseemos. Sabemos de qué carecemos y lo buscamos sin descanso, enamorándonos de ello en cuanto lo percibimos en el otro. Incapaces de agarrarnos a lo que ya está, de asumir lo que ya es, nos lanzamos al vacío y perseguimos, en el amor y el sexo, el eterno agujero. No reparamos -ni lo haremos jamás- en aquellos que se nos parecen -aunque a menudo nos contemos lo contrario- puesto que no nos destacan por encontrarse en la misma frecuencia que nosotros. Sí perseguimos aquello que nos es ajeno sin descanso, lo que nos falta y que desearíamos para nosotros mismos; es por esto por lo que siempre intuí lo egoísta de eso que algunos llaman amor.