Estas son las palabras de un muerto
cansado de morir y abatido de vida,
que eleva el tono de su estrecha agonía,
acariciándote en el recuerdo,
ausente en tus estallidos de luz,
abstracto y dividido entre cristales rotos;
que escucha los ruídos dónde solo habita,
desangrado en un charco sin voluntad,
abandonado sobre el yugo infinito,
que grita ayuda y suplica por tu sonrisa.
Es el muerto cubierto de fango,
que traga tierra y vuela desde la almohada;
sus sábanas son frías y sucias como sexo,
en la noche el silencio atraviesa su tráquea,
y él vomita sin levantar la barbilla.
Hablo del hombre consumido en mierda,
exiliado sin acreditación de un país sin vida,
que vaga solitario y hedoroso por ningún desierto,
que aullenta a los niños, apedreado,
mientras los pequeños diablos ríen sobre su tumba.
He aquí el viejo inmundo, el oscuro apartado,
el condenado al final de una fila sin fin,
que clama al cielo y al vidrio en formato de Dios,
para volver a verte, para volverte a sentir,
para declamar callado una vez más,
las palabras de un vivo que olvidó vivir,
y callar al muerto que murió con tu adios.