a la que llamamos consciencia.
Es nuestro único tesoro y nuestra única responsabilidad.
Es lo que nos hace amar y odiar al mismo objeto,
sólo con cambiar de punto de vista.
Somos necios y soberbios en nuestra creatividad desperdiciada,
como el semen a ninguna parte, o el deseo interrumpido.
Somos más que nuestros cuerpos y menos lo que sabemos de ellos.
Cuándo un conocido personaje, o un familiar, o un cercano cualquiera,
atraviesa la puerta de la muerte con sólo abandono,
y se olvida de su consciencia y nos la entrega;
ahí conocemos nuestro secreto,
ahí lo que llaman luz como si aquí no la hubiera,
ahí la verdad por descubrirse,
ahí el tesoro o el crimen de la consciencia.
Nosotros poseemos otra cosa:
la necesidad de distraernos.
27-02-1989