El amor, qué no se ha dicho del amor.
Del amor del tiempo y de la experiencia,
del amor de la madre que abraza a sus hijos,
del amor de un instante,
de un reflejo.
Qué no se ha dicho del amor ya,
sólo se me ocurre hablar del amor que yo no he escrito,
aquel que profeso por dos hombres.
Nada nuevo, teniendo ya otros dos hombres
a los que comencé a amar hace 22 y 11 años,
y que aún hoy amo con locura.
Pues a estos dos, tan faltos del abrazo del mundo,
como yo lo estoy;
tan desprovistos del ladrillo para no sentir,
tan cercanos a la infancia que les arrebataron,
como a mí la mía;
con una bofetada por montera en la mejilla
que rompío más que una lágrima.
Amo a estos dos hombres, a mis dos amigos,
que cabalgan conmigo sobre un caballo imaginario,
por las calles de Madrid; como los viejos hidalgos,
o los pintores y poetas que vertieron su ingenio en las esquinas,
compartiendo su amistad y saber con sus hermanos mendigos,
como ellos mismos, sin comprensión, ni abrazo.
¡Ay, mis hermanos!
¡Mis flores de sol y de luna!
Nada se ha dicho del amor,
y nada se había escrito,
nada dicen mis palabras,
que nuestro alma no haya ya dicho.