Tengo la condena de tener camino,
de tener que tenerlo, de no saber porqué,
y como el trabajo forzoso de tener que estar vivo.
Me obligan a encarnar el horror, la conciencia del ser,
y a mirar en el espejo, dia tras día, el espejismo
de ser un niño que nace, crece y acabará por perecer.
No comprendo qué es haber vivido. De la muerte no se.
Han intentado enseñarme qué son los días y las noches,
Qué es una estrella, un zapato, la música o el vuelo de un ave,
Qué es una emoción, una palabra, pero nada comprendo.
Han intentado enseñarme pero no he acabado por saber.
Me pusieron nombre.
Me dieron el trabajo del dolor, del pensamiento,
de tener que ser actor de la fantasmagorica representación.
Me hicieron apegarme a las cosas
para ver como las cosas las destrozaba, sin corazón, el tiempo.
Mis sentidos los poblaron de vino, atardeceres y rosas,
quisieron engañarme.
Me dieron el poder quimérico de la ilusión,
torturándome a ver y oír, y a saber que soy un sordo y un ciego.
Me dieron también la vanidad; pero la lucidez suficiente
para ver que todo es fracaso, y no existe ni lo bajo, ni lo alto,
fui castigado a ser un alguien en el seno de la nada,
a aprender, a mejorar, a ejecutar el vacío que hay en el vacío.
Me dieron una sombra, una guitarra, y una mujer.
Amigos y padres, tareas, métodos de lenguaje y educación,
palabras, conceptos, etiquetas, grandes armarios de la imaginación.
Y todo me hicieron sentirlo. Cómo una fruta de aire, cómo un agua de viento,
todo me hicieron sentirlo.
¿Quién nos otorga el peso de tener que cargar una vida?
Me han regalado una caja vacía, un laberinto imposible, un delicado delirio.