24 de abril de 2014

¡Ustedes, amigos míos!

¡Ustedes iluminan mi alma como si fueran el mundo!

¡Y las estrellas!

Qué grato se siente mi alma,
cuando en los tres reposa su hábito.

Qué felicidad inunda cada uno de mis instantes,
cuando sé que cerca se encuentran.

Qué bellos paisajes me muestran
cuando en ellos dibujan su vieja y jóven presencia.

He de emplearme en lo que en mí ya carece de valor,
al hablar de yo en mayoría,
como lo que perdió su valor, a la par que el dinero,
en mi pensar y buscar un razonamiento que no existe,
como ahora mismo.

¡Pero qué deleite cuando la luz amarillenta y la acera vírgen disfrutan vuestro andar!

Qué bello amanecer sabiéndose menos solo.

Qué triste que la grandeza de lo inexplicable dure sólo un instante,
y no pueda dedicaros palabras más largas,
o más bellas,
mientras mis párpados caen
y mi mente no calla.