Soy un psicópata, pero siento amor.
Es una de tantas paradojas que vuelan alrededor de mi cabeza,
como los golpes violentos en los dibujos animados.
¡Lo único que vale es el tiempo!
Y yo caminaba naúseabundo por la calle Hortaleza;
compré tabaco.
La Gran Vía.
¡Qué triunfante la Gran Vía!
Y sus gentes, caminando sin rumbo hacia perder la consciencia.
¡Qué bello no sentir! ¡Qué bello no pensar!
Me detuve ante un aparente vagabundo,
pero sólo eran libros.
Giré sobre mí mismo en un acto acrobático,
seguí caminando.
Avisté un letrero colgante, que señalaba el veintitrés de abril,
como la noche de los libros;
porque siempre necesité una explicación.
El autobús tardaba en arrancar,
aún así corrí hasta subirme.
- Su billete. - Anunció un hombre sin aparente alma.
Le entregué una paradoja,
luego regresé caminando desde la plaza de Atocha hasta la de Legazpi.
Antes, había rogado amablemente al uniformado que llamase a la policía.
Es inexplicable el placer que se siente cuando hasta seis uniformados
detienen su irremplazable labor para entregarle al que escribe el gusto,
de hacerles perder su valioso tiempo.
- Porque no se equivoque, señor sin alma, no es el dinero lo que suma valor,
es su tiempo y sus nervios los que iluminan mi noche.
¡Qué placer hacer uso de la ciudadanía!
¡Qué gusto ser una hormiga irremplazable!