Dulce brebaje de perdición y abandono,
a ti te debo mi más tierna compañía,
contigo solo,
contigo me basto para bendecir la noche,
contigo solo,
me resulto conocido oído con quien hablar.
¡Mas no hablo! ¡Deliro!
¡Y qué dulce delirio!
Odio, si es que algo odio,
tener que estar en sociedad,
y aparentar ser algo,
cualquier cosa, y como tal,
procuro a todos molestar.
¡Qué sincero abrazo me brindas!
¡Qué sosegado tu silencio en mi parlante necesidad!
Y sólo a ti, querido brebaje,
sólo a ti te encomiendo la misión de salvarme;
de salvarme con tu lenta muerte.
¡Pero tan deliciosa! ¡Y sin necesidad de explicación!
La conversación me mata,
la banal, me aburre como calor asfixiante;
la intelectual, me enerva a la quinta esencia.
¡La conversación del alma!
¡Oh sí, la conversación del alma!
En ella encuentro el sosiego que me abunda,
en el hablar de los ojos, sin palabras ni burlas,
en la mirada firme y el temblor de mis manos,
ahí reposa lo que de verdad soy.
¡Pero hay tanto ruído!
¡Tanto incordio alrededor de mi alma tranquila!
Me excita hasta paisajes que repudio,
que critico en los seres ajenos;
mas sólo en mí se justifica mi repulsa.
¡Amigos, amigos!
Si me aman, guarden silencio,
pues solo en su abrazo callado podrán verme.
¡Tanto ruído! ¡Tanto ruído!
Mi alma titubea en el intento de complacerles,
pero no encuentra palabras,
para describir lo que su silencio busca expresar.
¡Otra ronda, camarero que soy yo!
Bendito brebaje.