
"El amor mueve el mundo"
Tales palabras pronuncié al entrar en casa,
casi sin saberlo.
"Como hipnotizado"
Y mi gato, cuya mirada me conoce,
no podía creerme.
El pobre, sólo tiene seis meses de vida,
y nunca conoció al que antes era en mí.
Yo sí lo conozco:
era uno
que todavía depositaba algo de fe en el ser humano.
Era uno
capaz de mirar a los ojos sin nada que ocultar.
Un tipo demasiado atrevido,
diría el que ahora soy.
O el que pensaba que soy,
porque ya no lo sé.
No sabía cómo empezar este poema,
y mi ausencia de contenido me delata;
pero sabía que necesitaba escribirte,
incluso siendo el que ahora soy,
uno
que ya no escribe poemas;
al que el concepto de enamorarse
le suena lejano y triste como la infancia.
No quería hablar de mí,
quería ser capaz de describirte,
hacer honor a las curvas de tu cabello rubio,
al lunar, que más allá, protege tu ojo derecho;
quería extraer la virtud en palabras;
tonto de mí, que no me alcanza.
Y es que el amor mueve el mundo,
y yo lo había olvidado.
No puedo racionalizar mis sentimientos,
no puedo definirlos,
no me vale la pena escribirlos,
y aún así los pervierto.
Merezco ausencia;
merezco mirar a tus ojos,
y encontrar algo por lo que seguir adelante,
y regocijarme solo con el recuerdo.
Estoy abrumado, disuelto,
perdido en cada explosión de estrellas
que sucede en lo que encuentro en tus ojos.
Tus ojos.
Tus ojos.
Tus ojos.
Y más de esas siete letras me sobran.
Pero sigo contradiciéndome,
sigo mirándote con el tiempo como inútil testigo;
sigo agarrado de tu cintura, a oscuras,
iluminado como la vida y la muerte
en un baile desenfadado de ausencia y amor.
Y es que el amor mueve el mundo.
Y yo lo había olvidado.
Y no me importa nada.
No necesito nada.
Sólo tus ojos.
Tus ojos.
Tus ojos.