En los ojos de cuantos no soy yo
hay una dicha ajena.
Son los míos como un pozo que Dios
ni alimenta ni vela.
Desde niño al niño se le negó
que fuese lo que fuera,
y el reflejo que él tenía de sí
mutó en una quimera.
Se perdió desde dentro hacia fuera
aquel que era no era yo.
¿Tal vez busquen alguien cuando yo muera
que se desvinculó?
En mí, no hay aplauso ni recompensa.
Solo sed de ser yo.
Si llegase el día en que el yo, yo fuera,
plañiría el corazón.
La culpa trae una lagrima negra
que amarga a quién la vea.
Yo la oculté amargando mi piel
tras la incierta careta.
Ay de mí... Que yo ni en mí supe ser.
Ay de mi calavera...
jamás reconocí quién me quisiera:
Nunca me supe querer.
¿Poderse uno tener?
Ah, quién pudiera.