A las manos del tormentoso Mar
entrego mi vida. Doy a un vaivén
de renuncia y de disolución
cuanta voluntad quede ya en mi ser.
No quiero nada. No quiero querer.
-El abandono es nuestra redención-
¡Que los Vientos despedacen mi carne
como despedazaron a la flor!
Ya en lomos del astro, la luz mayor,
poso mis días y su helado enigma.
El Fuego sagrado es el sanador
del dolor de ser vivo y de su estigma.
He plantado los pies en la campiña
para dar frutos de mi alma con fervor.
En esta Tierra no hay mas que desdicha
si lo que germina no es el amor.