Hay señoras que parecen palomas, agitando su papada con gracia de ave mientras reciben las vueltas del pan que compran para su hogar. Hombres pingüinos que desfilan por las calles en fila, como con la muerte sobre sus hombros y el andar torpe del que no sabe que esta viviendo. Existen los niños pajarillo, que están aquí y allí al tiempo, y han volado sin que sus madres los vean, ya que estaban distraídas tomando café y escuchando los falsos halagos de los hombres cerdo. También hay mujeres zarigüeyas, pequeñas, peludas, y nerviosas, que se pintan los labios con ansiedad de un color muy rojo. Todos conviven en este zoo que es la vida. El hombre morsa, del tipo Chesterton, baja por la calle mirando su antiguo reloj para saber si no ha cerrado todavía la pastelería de Julia la yegua.
El hombre conejo, también del tipo Chesterton, baja con sus doce hijos-liebres, que van como locos, unos tirándole de las mangas de su traje, otros robando frutas en el puesto de la vieja rata, y otros dando tumbos por entre los cuervos buscavidas de la ciudad. Hay linces que observan, con monóculo, traje de marca y cuaderno en mano, seres perros que buscan una sonrisa, caminando despreocupados disfrutando del día, jóvenes gatos, que caminan pálidos y silenciosos, muy pegados a la pared, escuchando la voz felina de su mente, patos bobos, pavos que remolonean orgullosos, osos y hienas policías que dirigen al trafico animal. Julia la yegua cierra el escaparate de la tienda con sus maravillosas pezuñas, y se dirige a su casa con los bollos que han sobrado para sus hijos, bajando la calle con el corazón en las manos.