El miedo porque mata, la muerte porque asusta.
Escribo, con el puño de luz, en el banco viejo,
con la frente caída y enferma, con los ojos inflados,
y veo, rodeado de la normalidad espantosa de la ciudad,
que los hombres son más grotescos que las peores bestias.
¡Ah, no los monstruos, sino la falta de ellos! ¡Ese es el terror!
Monótonos rostros de gesto insensible bajo la luz nocturna,
sois vosotros, que, como espectros, encarnais mi pesadilla,
avivais mi nausea, y pudrís mi risa en el vértigo del convivir.
Así camináis, cadavéricamente,
figuras que descendéis a cientos de La Palma a La Muerte,
cuerpos de carne que violáis sin pudor la belleza de mi ideal,
voces que habláis, ojos que traéis el escalofrío de ser mirado,
todo esto, y la luz artificial de los comercios,
el ruido metálico de la maquinaria, el canto incesante de los bufones,
todo se me mezcla como un mal que no me deja respirar tranquilo.
Ando desasosegado, me evado, hipervigilo, alucino, mezclo,
y vuelco mi sensación en una fantasía sobre la fría y oscura calle.
¡No los monstruos, sino la falta de ellos!
Aseguro que esta luna es más terrible que el ojo del cíclope,
que la chica que pasa narcotiza más que el canto de la sirena,
que hay una perversión encerrada mucho peor que cualquier leviatán,
que la estampa de la pobre vieja es más horrorosa que la medusa,
que en estas calles yace la hidra y la esfinge, la plaga,
la fiebre más fatal.
No hay cuento ni sueño mas temible que la realidad.