No hay droga ya que valga,
ojalá.
Las paredes del mundo se encogen,
entre pequeños duendes sin futuro;
las farolas de la ciudad sin luz,
se acoplan a un escuálido grito;
ya no hay dibujos de paisajes,
ni paisajes.
El cuchillo que bordea mi abdómen,
decide adentrarse; mis vísceras,
cual cerdo, desprenden olor a muerte.
Los grados de más y de menos volaron,
las palomas ya no recuerdan tierras de Lorca,
su esqueleto yace en una fosa,
mi humanidad descansa a su lado.
La cuchilla está afilada, sangre, sangre;
litros de sangre sin cuerpo ni destino,
mis pies cuelgan de algún balcón sin dueño,
bocabajo entiendo lo que hay sobre mi sién.
Y en el abrazo que no tengo,
revolotean las golondrinas apareándose,
mutilándose las alas de tanto volar.
Pronto caen, olvidan el suelo,
y las farolas apagadas de Madrid,
recuerdan al poeta,
que nunca llegó a escribir.
No hay ojalá que valga,
droga ya.