No me existe la nacionalidad,
no me existe,
sólo el calor de la tierra
y de sus gentes
me resulta de interés.
No me existen los nombres,
ni los estados de euforia,
no me existen,
los horarios y los caminos marcados.
Nunca llegué a poner ojos,
o toqué con mis manos el tiempo;
y a la felicidad, o a la tristeza,
sólo las rocé con mi paso eterno,
sin detenerme,
siempre tan solo y tan acompañado.
No me existen los juicios,
ni la distancia con nada,
no me existen,
cuándo por fin soy.
No conozco algo distinto a la muerte,
no conozco algo distinto a la vida,
ni vi cuerpo sin alma,
o miedo sin mentira.
No me existen los odios,
ni los fantasmas de envidia o rencor,
pues fantasmas son;
sólo me existe el amor,
y me entrego,
y le existo también.