¡Ah, soy tan inútil en todo aquello que no sea amar!
Muy a favor de mi deseo, prefiero acumular cual ávaro,
y sólo pierdo.
¡Qué misfortunio el mío!
Si en algo poseo virtud, es en la capacidad de servir,
mas no sirvo ni a mis propios sueños.
Al despertar, esta mañana,
reconocí un pequeño bulto entre la oreja y el cuello,
¡Cómo no iba a asustarme!
Esto seguro que es un cancer,
todo el mundo habla de ello,
la gente hasta se permite mutilar lo todavía vivo,
por temor a esa palabra.
¿Cómo no iba a tenerlo yo?,
si espero una razón para que el amor me lleve consigo.
Bajo la lluvia de Acuario y el sol de Madrid en invierno,
me dispuse a salir de casa al quinto día de refugio.
Al llegar a la consulta, descubrí que todo había cambiado su lugar,
salvo los focos y las señoras, que me señalaban como antaño.
El doctor Cutillas no ha llegado, me dijo la enfermera tras ubicar el día,
¡Qué suerte la mía por no ser el único
al que tanto le da miércoles como domingo!
Regresé a mi hogar,
y al pasar bajo el puente y ver a mi vecino autista,
de apenas diez años y una críada inseparable y seria,
reconocí en su mano un aspaviento al aire,
¿Quizás un saludo? ¡Qué si no!
Al diablo, le saludaré también,
pero no, ¿y si no saluda? ¿y si es un simple movimiento aleatorio?
¿y si se despide del vehículo que me lleva?
¿o de la puerta de metal granate que me abre su paso?
El niño ya ha desaparecido,
sepultado entre mis pensamientos como una bomba incendiaria,
el niño ha muerto en lo que veo y siento,
se marchó con mi voluntad de servir,
aquella única virtud que resistió a mi adolescencia.
Ni si quiera estoy mojado,
porque he perdido el contacto con todo
y la lluvia ya no es lluvia sino paisaje lejano.
El amor ya no es amor,
el amor era mi mayor virtud y mi único camino.
El amor ya no lo soy, lo perdí con el saludo de un niño,
que a su vez saludaba al niño que una vez fui
y murió en la consulta de un médico.
¡Qué lástima de ser!
Allá va el que no ama,
cayendo triste hacia el olvido,
sin servirse ni un mísero adiós.