Camina de lado a lado,
cubriendo su hambre sobre cualquier superficie,
sobre si mismo;
incluso se llega a matar.
Encierra a los demás vivos de su mundo,
los llama animales y los empaqueta en series,
con grandes máquinas y empleados ,
que como cualquier otro,
perdieron su amor por un trozo de pan;
allí los mutila y asesina para servir en bandejas,
de plástico en el caso de los menos privilegiados,
o de plata para los que lo merecen más.
Su avaricia le lleva a proclamar su bandera
sobre la honradez de sus semejantes
por un puñado de monedas,
para adquirir más monedas
y tener más monedas,
para ser mejor
y poder tener más monedas.
Para ello engaña, tima, ilusiona y encanta
a cualquier inferior dispuesto a escucharle
y encender su canal
y escuchar su discurso
y creérselo hasta hacer de la lobotomia
una causa menor.
Ahora el feroz vende medicamentos a unos pocos,
y no los cura, sino los mata,
mientras que a los menos privilegiados los deja morir,
para adquirir otro glorioso puñado de más monedas
y comprar más casas vacías,
y más gente sin casas,
y más kilos de nada.
Todos temen al gran depredador,
sus semejantes, sus animales esclavos,
sus semejantes esclavos,
todos menos ellos mismos.
Porque duerme sobre cualquier cama
y ve el mismo sol que vemos nosotros
y la misma ropa.
¡Y tanto nombre como símbolo,
para luego no creer en las estrellas!
Y camina por ahí de lado a lado,
pisando todo lo que cruza, como un vicio al suelo,
y se pisa a si mismo,
y se detiene en lo que conoce,
y se cree su propia mentira del ego,
y no juzga la honradez o el amor en sus actos.
El Depredaror Feroz es sólo hombre,
quizás si aprendiese a ser llamado mujer o humano,
aprendiera algo más,
de aquello que nos camina a todos, de lado a lado,
y con los ojos cerrados todos obviamos.
Mientras tanto ahí camina él,
y saca su pecho al cielo y sube la barbilla,
y no se reconoce en el Depredador Feroz,
que da nombre a su ser,
sin que su ser quiera ser nombrado.