17 de febrero de 2014

17/02/2014

Todos gritan. Yo, en mi silencio autoimpuesto, siento una necesidad de mandarles callar. Pero qué derecho poseo sobre la libertad de mis semejantes, como para aconsejarles, o pedirles, y en menor grado, imponerles, cualquier cosa que atente contra su libre expresión. Mi hermano menor grita porque es un niño y reclama la atención que tampoco le entregó su madre, presente en un plano físico pero no emocional. Su padre directamente se ausenta físicamente, y le llora con un vaso de ron cada noche. Mi hermano menos menor también grita. Grita porque nunca le escucharon y tampoco le prestaron atención. Yo lo atribuyo a que su sol nació en el signo del león y reclama de todos una mirada. Mi prima de dos años grita, porque no entiende eso a lo que llamamos comunicación, y también reclama su momento de protagonismo, ante la ausencia emocional de su madre física, o de su padre directamente inexistente. Mi tía grita porque nunca la escucharon. Decide enfadarse y se altera. Mi madre grita para hacerse oír, para imponer su autoridad, por ser esa la única manera que conoce de hacerse respetar, que aprendió de su padre, sin que la culpa tampoco fuese suya sino de su madre que nunca le abrazó. Y así sucesivamente. Me pregunto si no grito yo también en mi silencio, o cuando me veo obligado a beber más de la cuenta para liberar mi garganta y aprovechar que varias orejas me rodean. Todos gritan y a mí me duele. Pero su grito no es más que el mío, que reclama ayuda y atención, quién sabe, si de mí mismo.