El bocadillo había perdido todo su interior
en la tostadora;
miraba a la ventana,
no a ella misma, sino lo que había detrás,
la lluvia y el silencio.
Al salir me sorprendió el escaso frío,
quizás no tanto por la temperatura misma,
como por mi percepción de ella,
después de tres días al calor del hogar.
Crucé la calle y caminé,
la lluvia no era lluvia,
sino pequeñas gotas imperceptibles,
que sólo al caer junto a las farolas,
se descubrían ante mis ojos
en su precipitada y lenta caída.
Pepa cruzó conmigo y caminamos unos metros,
pasamos el descampado por el que siempre salimos
y continuamos caminando calle abajo.
De pronto me detuve,
me fijé en el luminoso que anunciaba el número 136;
entonces lo descubrí,
después de diez años viviendo en aquella casa,
caí en la cuenta de que nunca antes
había caminado por aquel lado de la calle.
Continué bajando y mis pisadas eran suaves;
me detuve frente a una puerta metálica,
que como el resto de las cosas de aquel lado de la calle,
nunca antes habían llamado mi atención.
No me atreví a acercarme más y mirar por encima,
mi cigarro apuraba y me debatía entre volver al hogar,
o continuar aquella expedición, que por novedosa,
podría haber sido en cualquier rincón del Amazonas.
Más adelante, dónde la calle ya empezaba a subir,
avisté un viejo Mercedes y recordé aquel reciente día,
cuando mi hermano menor lo señaló,
y con una mueca entre risueña y nostálgica,
dijo que era como los taxis de Tánger.
Me acerqué intrigado,
suponiendo que el azar me depararía una sorpresa,
quién sabe, quizás algún cadáver en el asiento trasero,
que los transeuntes, como yo, habrían obviado
al caminar siempre por la acera contraria.
Sólo me sorprendió la matrícula de Gran Canaria,
y entonces, por un instante, pude imaginar la larga vida
de aquel viejo utilitario, que había venido desde las islas
a la península,
y que guardaba semejanza con los viejos vehículos
de las ciudades costeras de Marruecos.
Un coche se acercaba, la calle vacía,
y Pepa decidió cruzar poco antes que él mismo.
Casi no me alteré, crucé para que el conductor me reconociera,
pero su velocidad no era alarmante,
y hasta que no llegamos Pepa y yo al otro lado,
no recordé cuándo en aquella misma calle,
frente a mi casa,
unos años atrás mi anterior perra fue atropellada
y la recogí agonizando y llorando entre mis brazos
para bajar a la ciudad y que la atendieran en las urgencias de mascotas.
Sobrevivió, por lo menos un par de años más,
hasta que en esas mismas urgencias la clavaron una inyección mortal,
supuestamente porque sufría.
Al subir la calle de vuelta a casa mi ritmo era más agil,
como si ese camino no tuviera novedad que ofrecerme;
ya no había cigarro en mis manos,
y la noche, resultaba fría por fin.