El insomnio me atrapa como una promesa de bellos labios. La noche me cuenta todas sus aventuras; yo escucho atento, imaginando en cada una de sus palabras, las tabernas decadentes donde las mujeres exhiben sin rubor su virtuosismo. Y me imagino bailando con ellas bajo la luz de un viejo candelabro oxidado. El tabernero sonríe luciendo su dentadura llena de complicidades. Un borracho trata de levantarse de su taburete, y con su torpe balanceo, deja caer el licor de su vencida copa.
El relato se me interrumpe sin que pueda mediar solución alguna. El tipo de la radio que suena en mi habitación, a las cuatro y media de la mañana, pincha otra canción de esas que él pone.
Agarro el cigarro con el ansia de un héroe que nunca creyó en la victoria. Derrotado, me dispongo a seguir con la vigilia.
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Tengo frío en el alma.