Cuentan que más lejos de Oriente
hay un sitio que no ha conocido hombre.
Allá donde la noche no tiene final
hay árboles tan remotos, ancianos, y mágicos
que abandonados en las tinieblas de la soledad
han acabado por dar estrellas como fruto,
y los niños que las recogen no tienen nombre.
Pocos saben que en aquellas tierras por descubrir
hay paz y desconocimiento, y entre los habitantes
no hay palabras, ni ropajes, ni tampoco espejos.
Fueron hechizados por el olvido hace cientos de años
volviendo así a sus origenes, como el agua y el oro,
preparados para retornar de nuevo a otra vida.
Mira en los ancestrales jardines que todo es un Dios,
que está Leda, la señora y dueña de todas las llaves,
con sus astas de ciervo bebiendo plata de las manos,
mira su máscara de luna, Ella esta impasible
suspendida dentro de un circulo de siete colores.
Que está Cipris con su cósmica flauta en sus manos,
adormidera de todas las cosas, oscura madre de la sombra
que dota a los universos de sueño, Ahora su música
genera en existencia la armonía que parte del caos de notas,
disparos de luz y color, intuiciones, un prisma de hologramas.
Mira a Sefarín portador de la vela que ilumina la mente
que desde siempre ha narrado la historia de lo que sucede,
hombre de múltiples voces, de múltiples ojos, hermoso y dulce
por ser sensible, tan viejo como la memoria, sobrevive
porque se esconde allá donde no se acercan las rojas ratas.
(Y que bien que todos tocan deliciosas músicas, las vibraciones
son tan coloridas, los árboles están felices, los animales bailan,
algunos comen fruta, otros reposan ya la que han comido,
otros se aman desnudos, otros se lavan, pero reina un silencio
y una paz porque algo misterioso unifica cuanto hay en el jardín)
Mira a los perros de niebla y a Sara San Sa, que tira la piedra
y crea la onda eterna, a los almendros blancos llorando en el agua.
Mira la niña creando posibilidades, en todas partes, hipnotizando
a las gracias del viento, removiendo lo que se soñó o se perdió,
jugando con las hojas muertas maquiavélicamente en ningún lugar.
Mira como ruegan inclinadas las flores cuando pasa el tiempo
con su capa de martillos y piel de foca, con sus zapatos de yunque,
mirando a tres lados a la vez, ¿Ves que todo se vuelve frío metal
en el intervalo infinito en el que se deja de destruir para empezar a crear?
Mira como cantan las flores cantos polifónicos lastimeros y perfumados.
Mira la bola de rayos que desciende crepitando por el monte púrpura,
el ejercito de hadas, las naranjas que flotan en las noches azuladas,
mira el oráculo y las fuentes altísimas y majestuosas de sangre y leche,
¡Oh, cuantos ángeles! y todos se forman geométricamente en la espiral
en la que yo, en otra pirámide, toco mi guitarra para fabricar una lagrima.
Salgo a través de un ojo, mira mi voz que te habla. Mira los pies de plumas,
que he venido a cuidarte, porque realmente se puede viajar por el canal,
ante todo hay que mantener el sosiego porque nada existe ahora más
que mi voz. Mira la mentira que moja sus manos en el agua negra,
pálida, erguida como una serpiente sobre el platillo volante de la balanza.
Mira que ahora estoy comiendo pan drogado en mi cuarto mientras escribo,
mira que ahora tu lo estas leyendo, ¿Y la distancia entre el ahora y el ahora?
¡Cómo ha quedado hecha piedra y se ha tatuado en la corteza del pino!
Cada vez que veas hormigas piensa en mí. Yo te daré mi corazón un rato;
perdona que sea un corazón embriagado.