15 de septiembre de 2014


Martillo en forma de molino que atormenta mis pausadas pupilas, mientras respiro y alboroto el jardín del silencio que nunca me abarca y canto y callo mientras afuera el Dionisio, el rey de los muertos y el alcohol y los vagabundos que añoro y que desprecio, y que soy mientras les hablo y cuando se marchan con sus verdes cabellos y sus sombreros de popa al oeste de un barco que navega en tiempo y sin tiempo hacia un país que no existe entre mi mente y un jardín de bellas flores con muchachas ninfas que vuelan y saltan alrededor de mis costillas al horno con bechamel y montones de mentiras que sonríen cada vez que suena el Señor que habla en el telediario y que sólo miente y sabe que miente y convence de que miente mientras se caen las ardillas de los arboles callados que bailan y cantan al sol libres de la atadura del tiempo o de la velocidad del dedo al saltar entre nada y nada; supersónico virtuoso y felino animal de las teclas que alberga mi cabeza en noches como ésta, calladas pero alegres que cantan y ríen y suenan rosas flouds floyds flans perceptivos a través de la música, o de lo que habla entre armonías que ondulan alrededor del aire que no respiro, pues el que respiro cae y cae y cae sobre mí hasta llegar al fondo.