23 de octubre de 2014


Hacer lo que viene siendo mágico, en rutinas que atraviesan los sables de la inquisición del alma, que cae por un pozo de tinieblas, y luce abstracta, que alberga mi cuerpo en llamas mientras los ángeles lloran a la muerte de mis cabellos pasados de tiempo; a lo lejos, en la montaña que cubre la nube con la mortífera rutina de los oculistas anglosajones, que venidos de la selva encuentran los virus del hombre en pequeños insectos que revolotean alrededor de la cabeza en un solemne baile de mascaras y aflicciones no deseadas, que se complementan con los estallidos de amor de cualquier corazón roto o arrancado de las manos de una madre que a todos nos une en la ciencia mas antigua, que no es ciencia, sino ejercicio de fe con hormigas y grandes elefantes que desafían la voluntad de los astros con su tamaño y su masa, danzando sobre mi aura y mis manos evaporadas hacia un ser que no posee forma y que se encierra en la inmensidad del cosmos con el único propósito de cuidarse a si mismo, y volver por donde nunca antes pudo aparecer; en la apertura de un río del continente más antiguo se encuentra la misteriosa verdad sobre el origen del miedo, y el poder que absorbe al hombre en una montaña de avaricia y auto-compasión, con egos vestidos de querubines lanzando flechas de veneno del color de las serpientes, arrastradas durante el paso del tiempo por los mares, ya secos, de la lluvia, ya evaporada y sangrienta, que bulle en el interior de mis deseos más primordiales y básicos, que aletargados por un sueño inculpable, me piden que despierte y enseñe el centro de mis glándulas mamarias al mundo que habita en mi corazón, y me pide que lo alimente y que le dote de escritura y comprensión lectora en tardes de agosto, donde la muerte se cierne sobre un manto de bellas sincronicidades.