1 de julio de 2015

El reflejo

Tan triste está mi alma que mi cuerpo ha empezado a languidecer.

Lloran lagrimas reales mis heridas, exhalan sonoros gemidos mis pústulas,
y mi espíritu tiembla febrilmente como si fuese un cuerpo al que hubiese que atender.

Tal es mi destino. Los profundos pesares de mi alma siempre han traído enfermedad,
síntomas nunca de comunes cualidades, y la enfermedad a su vez, ha multiplicado mi pesar.

Tan triste está mi alma que mi cuerpo ha empezado a languidecer.

Cómo un caminante de piedra milenaria, porto la púrpura y grisácea melancolía tatuada en mi piel,
y caen mis brazos hasta el suelo, cae mi cabeza hasta el pecho, así es mi inefable dolor y su peso.

De un fantasma vivo preso. Las memorias amoratadas e inflamadas ulceran sangre en mi recuerdo,
y no quiero que ella sepa que muero, que de a poco quiebro y desfallezco tan solo por un último beso.

Tengo los párpados hinchados, dolorosísimos los huesos, y por no tenerla no me tengo.
Soy ahora un nada, un duelo, y paso los soles y las lunas llamando a la muerte, sin sueño ni sosiego.

¿Cuando alzará mi alma el luminoso vuelo? ¿Cuando cesará la muerte como único anhelo?

Por la terrible y deformada boca rompe el grito de un hombre enfermo.

Mirad cómo se pudren mis manos, apenas ya puedo sentir o tocar, mi carne es un reflejo del mal.
Mirad en el espejo la falta, en este, mi cristal helado, ya no se devuelve figura sino culpa.

Mirad mis palabras y lo de detrás, como gimen y se retuercen en el laberinto de las amarguras.
Que ya no tengo claridad, sino negrura, que ahora quedan llagas y malestar de lo que era ternura.

Mirad si queréis, o no miréis si os apura, que de lo oscura que esta mi alma todo mi cuerpo supura.

Mirad, ¡Si! ¡Mejor mirad! Mirad a este hombre vil y asesino,
que mató el amor más dulce que le trajera el destino,
y ahora, suplica ingratamente
una cura.