Durante la primera media hora de metraje, el director nos introduce en un bucle de ensoñación que resulta asfixiante en igual medida para el espectador como para la protagonista, una joven de mirada oscura y cándida, interpretada con frialdad y ternura por Marina Francisco.
El juego de contradicciones parece que llega a su fin, cuando Adán, interpretado por un eficaz Suso Sudón, rescata del interior de una piscina a Eva, que adopta una pose distante y desconfiada frente a los distintos encuentros sociales a los que habrá de asistir tras ser devuelta a la vida. Durante el transcurso de dichos eventos, Eva volverá a encontrarse con Adán, bien en una velada poética en el bar Aleatorio, o bien en el primer concierto de la banda de rock sinfónico Albha.
Ana Rujas, en su papel de María, no se nos presenta hasta ya entrado el segundo acto, pero logra aliviar el dramatismo de los protagonistas con un punto de apoyo a veces necesario para no caer en la angustia. Sus breves apariciones están cargadas de una sutil ironía que roza la sátira. En el papel de Caín, Nicolás Gutiérrez muestra al verdadero antagonista de esta película, ante la previsibilidad del Padre tanto en el personaje como en el actor. Los otros dos actores del reparto, Abel y la Madre, alcanzan un alto grado de credibilidad en sus escasas pero trascendentes apariciones.
Eva No Muerde es una película imperfecta, pero capaz de acariciar la piel y el corazón. A medida que se nos resuelven las dos tramas principales, el principio abstracto e inconsciente que se nos presentaba al comienzo de la película comienza a cobrar sentido a los ojos del espectador.
Quizás sea éste el principal defecto de la película, o quizás, el tiempo nos lo desvele como su principal virtud, esto es, la incapacidad de hilar los sucesos, a veces demasiado lentos, que unen a personajes y aspiraciones con los acontecimientos que se exponen en la primera parte de la película, sin que éstos hayan tenido aún lugar en la realidad que más tarde se nos presenta.
Este último aspecto hace que la película gane más en el segundo visionado, y que en ocasiones, pueda resultar imprescindible para la comprensión del argumento. En cualquier caso, con la dedicatoria final de la cinta, se nos ofrece el sentido que realmente subyace, aquello que se nombra como lo viejo muerto, que ha de ser sustituido por lo nuevo, y que resulta ser una manera de agradecer a la mujer su papel torturado en la sociedad, y sobretodo, su capacidad de levantarse, como símil con las ganas de vivir de la protagonista tras su intento de suicidio.
La primera obra de este director y guionista nos ofrece destellos de autenticidad, de innovación, de profunda sensibilidad y de amor por el cine. Estos ingredientes, unidos a la genial música que adormece y despierta en Eva No Muerde, la convierten en un objeto de investigación y disfrute, dentro de su exacerbada angustia y cristalina humanidad.
Gabriel Lorca